El Masaje

A D. Por todas las pruebas conjuntas. Gracias Amor.  

masaje durex lubricante

Había tenido un día muy duro en el trabajo, además, a la vuelta, una avería en el autobús y un retraso en el metro habían hecho que mi cansancio se uniera a una mezcla de rabia, frustración y mala leche en general.

Abro la puerta de casa. Música. Suave, lejana, apenas perceptible, pero si lo suficiente como para que me dibuje una sonrisa en la cara. Tú ya has llegado, y claramente tienes algo en mente. Todo a oscuras, salvo por el camino de velas que dirige mis pasos hacía la habitación; un cálido y relajante aroma invade la estancia.

Hola cariño – me dices al oído- olvídate del trabajo, ya estás en casa, relájate.

Tú abrazo me envuelve. Me besas suavemente el cuello y yo me derrito. Besos. Caricias cariñosas, suaves. Buscando mi piel. Mi piel que aprendes a conocer. Caricias lentas. Estoy desnuda y tú sigues vestido. No me doy cuenta del detalle hasta que absolutamente toda mi ropa está en el suelo y siento tus pantalones rozándose en mi piel. Te miro y con una sonrisa me señalas la cama.

Túmbese boca abajo por favor, señorita.

Enseguida lo entiendo, “toca masaje”, así que no tardo ni un instante en hacerte caso. Me tumbo, y dejo que el olor y la música me embarguen. Relax. Sí. Siento como te sientas a horcajadas sobre mi culo. Tus manos empiezan a recorrer mi espalda como tantas otras veces, no sé muy bien por qué, pero hay algo distinto en el aceite con el que estabas cubriendo mi espalda, es más cremoso de lo habitual; me da igual, es demasiado agradable para pensar. Tus dedos recorren los lados de mi columna muy lentamente buscando puntos de tensión que descargar. Todo da igual. Tú me tocas.

Disfruto de tus caricias, sufro mis contracturas y siento tus manos recorrerme. Cómo envuelven mi culo. Muy profesional lo masajeas buscando puntos de tensión, abriéndolo, agarrándolo con fuerza y soltándolo lentamente, y noto como las caricias dejan de ser terapéuticas. Tus manos en mi culo, amasándolo. Sonrío y muy despacio abro un poco las piernas.
Tus dedos rozan varias veces mi sexo, juegas en mí culo. Me excito. Me noto húmeda. Me encanta. Te encanta. Lo sé. De repente acaricias mi coño desde atrás, un jadeo escapa de mi garganta al sentir como con tres de ellos me recorres desde el clítoris hasta el culo y vuelta a empezar.

Ahora lo entiendo, no es aceite para masajes, es lubricante. Masajes completos. Lo habías dicho alguna vez. – Me falta… – Lo compraste el otro día, despistado, como si nada lo cogiste, lo echaste en la compra. Te gusta probar. Ahora lo entiendo todo.

Siento cómo me recorres a tu antojo, como te extiendes en las caricias previas haciendo que mi sexo palpite reclamando tus atenciones. Te ansío. No tardas demasiado en jugar con un dedo dentro de mí haciendo que mis jadeos pasen a ser gemidos. Tu otra mano acaricia mi espalda. Me empujas contra la cama. Me sujetas mientras tu dedo empieza a coger velocidad dentro de mí, moviéndose en círculos, entrando y saliendo, de nuevo círculos y, de pronto ¡dos! Gimo. Gimo al ritmo que tus dedos me marcan.
Mis piernas se abren. Giro mis caderas. Quiero más. Te busco. Me estremezco cuando noto tu pulgar en mi culo presionando lentamente, entrando despacio, resbalando, buscando juntarse con los otros dos dedos que me follan. Presión. Me llenas. Resbalas en mí.

Aumentas el ritmo de tus dedos junto con la presión de tu mano en mi espalda, la delicadeza del masaje se ha convertido en la fuerza salvaje del mejor sexo y mis gemidos son gritos ahogados y suplicas por tenerte dentro de mí. Pero te conozco. No va a ser fácil. Te gusta que espere, que te suplique, que te ansíe, que te lo pida.

– ¡No sigas, me voy a correr! ¡Fóllame ya, joder! ¡Te quiero dentro!

Acercas tu boca a mi oído

Te vas a correr para mí.

Me dices entre dientes aumentando el ritmo de tus movimientos. Ahí está. Crece desde tu mano. El orgasmo explota en mi coño y viaja a cada una de mis terminaciones nerviosas. Me retuerzo, intento arquearme pero tu mano no me lo permite. Me sujetas fuerte. Paulatinamente bajas el ritmo de tus caricias hasta que sales de mí.

Yo, exhausta, tirada en la cama sintiendo como mi respiración se calma. Mis ojos cerrados. Respiro. Escucho como abres un cajón, sacas algo y vuelves a situarte entre mis piernas. Intento girarme. Quiero verte pero tu mano vuelve a empujarme contra la cama mientras tus dedos me acarician de nuevo.

– Quieta.

Tienen algo, no sé qué es. Calor. Me invade el calor. Me tocas y me das calor. Más.
La sensación me envuelve cada vez que me rozas. Cada vez que me tus dedos me tocan, que recorren mi sexo. Siento cómo te tumbas sobre mí besándome la espalda, el cuello. Me enciendes las ganas de nuevo. Un beso. Tu lengua en mi oído. Y con un mordisco en el hombro te clavas en mí de un golpe haciéndome gemir. Entras rápido, estás frio y el contraste con el calor de mi coño me derrite.
Te follo – embestida – cuándo– embestida- y cómo – embestida – yo – embestida – quiero. – embestida.

Me follas, lento, fuerte y profundo. Me enloqueces. Tu mano en mi pelo. Me emputeces. Pido más. Más rápido.

Mía. – Mascullas.

Ahí está de nuevo. Crece. Creces. Te contraes sobre mí, me arqueo bajo tu peso.

– Mío.

Nos rendimos. Respiramos juntos. Tú encima de mí. Yo debajo de ti. Enredando nuestras piernas. Enredando nuestro dedos. Sonriendo para nosotros pensando en todo lo que nos queda por probar.

Contessa Pandora.

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